La Casa Trujillo vuelve a vivir
En Bogotá, un edificio patrimonial de la segunda década del siglo XX se transforma en un complejo de viviendas dotadas de autenticidad y detalles arquitectónicos de calidad.
Una casa, cualquiera sea ella, es un cruce de caminos. Punto de llegada o partida de habitantes, de materiales, de historias. El proyecto Casa Trujillo en Bogotá es, además de un inmueble patrimonial, muestra de intercambio de significados y rastros.
Este referente arquitectónico de la ciudad de los cuarenta, ubicado en Chapinero Alto, entraña el encuentro de, por lo menos, dos ámbitos: en principio y por mucho tiempo hizo las veces de residencia familiar del artista y muralista Sergio Trujillo (creador de los afiches de los Juegos Deportivos Bolivarianos de 1938), pero también expresa el mundo del arquitecto suizo Víctor Schmid, comisionado por aquel para su diseño y construcción.
“Se daba la unión entre estos dos personajes que resultaba bastante interesante y dio pie para que Schmid hiciera una obra que se mete dentro del movimiento moderno y en los principios de la Bauhaus”, apunta Sebastián Serna, socio del Taller de Santiago y Sebastián, oficina de arquitectura que intervino el espacio en 2014.
La edificación permanecía ahí, deteriorada, entre la calle 58 y la carrera 4, ya sin su uso original de residencia. Entonces, fue ganando cuerpo un nuevo sentido: “Es una casa que siempre ha estado en la memoria colectiva de la ciudad, de la gente”, prosigue Serna. Esa es la razón por la cual la intervención se hizo con la idea de remozar, no de congelar en el tiempo.
Liliana Andrade, arquitecta y museógrafa, vive en uno de los cinco apartamentos resultado del nuevo desarrollo, cuando el proyecto pasó a tener vida multifamiliar. En el último piso, para más señas. O lo que es lo mismo: en el antiguo taller de Sergio Trujillo. Con una enorme terraza. “Tiene espacios muy diáfanos”, apunta ella. Y así como este, cada apartamento conserva trazas del carácter original del lugar.
Parte de la decisión, en términos de Santiago Pradilla, también socio del Taller, obedece a la inviabilidad de recuperar una construcción unifamiliar, de enormes dimensiones, “tal cual era originalmente”. Tampoco estaba en los planes derribar y levantar un edificio, sin más. Buscaron identificar el valor, justamente, en lo que había. De ahí el interés por preservar la composición de algunos espacios en lo que fue un hogar: área social, zona de cocina-comedor, las habitaciones. “Entonces toda la subdivisión de la casa, toda la forma como se reorganiza, básicamente, es una reflexión sobre cómo el programa que antes existía y que hoy en día no es funcional tiene que adaptarse a unas nuevas necesidades”.
Recogieron memorias específicas del predio anterior. Para ello, potenciaron las características espaciales de cada uno de los lugares de la casa, lo que hace que los apartamentos no sean convencionales. Dos por piso, más el mencionado penthouse.
Vale señalar que no se modificó la volumetría general del diseño de Schmid; con pocas excepciones, el barrio mantiene una escala baja. “El diálogo más importante con el entorno se da en el tema de los usos”, insiste Santiago Pradilla. ¿Por qué? La propuesta, y acaso la manera de asegurarle sostenibilidad, comporta una mezcla de comercio y residencia, pues se suman a los apartamentos dos locales en los bajos del edificio: una pizzería, un bar.
Otro detalle de la relación con el ambiente, observa Andrade en su condición de vecina: “Este edificio tiene un pequeño giro para un mayor asoleamiento, y ese giro hace que se pierda un poquito en ese perfil urbano tan recto”. Recibe luz de manera generosa.
Y se pierde, tal vez, porque son muy pocos los materiales. Por una suerte de silencio natural. O por blanco.
No estaba en los planes derribar y levantar un edificio, sin más. Buscaron identificar el valor, justamente, en lo que había.
Parte del proceso de memoria consistió en realzar detalles originales: lámparas o bajantes de lluvias que se reinterpretaron de acuerdo al lenguaje de la época, por ejemplo. O en la fachada principal, que tras los ajustes de seguridad y funcionamiento, mantuvo tanto la puerta como la ventanería. En descubrir la escalera central. De hecho, en la obra participaron carpinteros que, de una u otra manera, habían tenido contacto con el proyecto inicial de Schmid.
Detalles, en últimas, derivados de una oficina que también se denomina taller. Detrás del nombre permanece una idea, una inquietud por el proceso artesanal. Hay una “reflexión de qué hacer con cada uno de los elementos”, cierra Pradilla.
Datos para infográfico:
Para mantener la estructura se hicieron trabajos técnicos de reforzamiento en el sótano.
El local sobre la carrera se le ganó a un lleno de tierra.
El proyecto tiene una particularidad: dos puntos fijos invertidos.
Cuenta con lavandería y garaje cubierto.
Los vecinos se distribuyen algunas actividades relativas al funcionamiento del predio, como cuidado de jardines.
Área: 1.350 metros cuadrados.
DSTACADO
No estaba en los planes derribar y levantar un edificio, sin más. Buscaron identificar el valor, justamente, en lo que había.